Ha sido aclamada con razón por mostrarnos un retrato frío, húmedo, doloroso y triste de la Rusia de la Segunda Guerra Mundial, y con él de las miserias y grandezas del alma humana; Las miserias a la hora de hacer el mal, y las grandezas a la hora de resistirlo y sobreponerse. Es un libro intimista sobre las tragedias personales de sus protagonistas. Muchas y largas páginas que se me han hecho pesadas como una larga digestión tras un atracón excesivo, por más que lo he leído con toda la buena predisposición que me ha sido posible. Es como una noche nublada en la que, cada cierto tiempo se abre un claro y ves una preciosa estrella fugaz: algunos párrafos son grandiosos, pero se diluyen en el casi tedio de las mil páginas de la obra. Quizá se parece demasiado a la realidad.
Ha sido repetidamente comparada con “Guerra y paz”, pero pienso que no está a la altura de la obra maestra de Tolstoi. Si “Vida y destino” es una de las grandes novelas del siglo XX, “Guerra y paz” es una de las grandes novelas de todos los tiempos; tan profunda en el análisis del alma humana, pero más luminosa, y muchísimo más entretenida. Hace muchos años que la leí, y aún recuerdo con cariño los nombres de Nikolai Rostov, Natasha Rostova, Andrei Bolkonski…y, sin embargo, acabo de terminar de leer la novela de Grossman, y a duras penas recuerdo algunos de los complicadísimos nombres rusos que no paraban de repetirse página tras página y a los que nunca fui capaz de tener totalmente identificados.
En “Vida y destino” no sólo se sufren las desgracias de la guerra contra el invasor alemán, sino que se padecen, sobre todo, la represión y la miseria del propio régimen comunista contra sus ciudadanos. Doble sufrimiento el de los rusos, doble dolor. Y gran oportunidad de desengañarse para aquellos que aún otorgan un ápice de idealismo o romanticismo a regímenes de ese tipo.
En el horizonte de mis lecturas, y cuando esta larga digestión se complete, “Archipiélago GULAG II”, del gran Sholzenitsin.


