sábado, 21 de junio de 2008

La muerte no es el final

NUESTROS MUERTOS
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Un millón de muertos en un millón de guerras no nos harán derramar tantas lágrimas como el adiós a uno sólo de nuestros seres queridos, pues el amor abstracto al resto de la humanidad no es nada comparado con el amor real y sólido, el que nos vivifica y nos lacera al mismo tiempo; por eso sólo amamos de verdad a los que están cerca o a los que se fueron, pero no a los que nunca estuvieron. El amor es gozo y sufrimiento, y puede que el llanto por los que iniciaron el viaje sin retorno sea realmente por ellos, pero quizá sea más aún por nosotros mismos, por lo que dejaremos de disfrutar a su lado, por tener que compartirlos con el infinito, por la impotencia de no poder retenerlos, por no haberles pedido perdón o perdonado…por no habernos dado cuenta de cuánto les queríamos hasta que ya no podemos decírselo mientras les abrazamos. Triste es siempre la despedida, mas no tanto si el viajero deja atrás el mejor legado posible: una dulce marca en el alma agradecida de los que se quedan, imborrable hasta que la Parca también se los vaya llevando a donde Caronte espera.

Aunque las personas nos neguemos encomiablemente a aceptarlo, nada carece de sentido en el orden de las cosas: la muerte permite la vida, la vida conduce a la muerte, y así la rueda de la existencia gira y gira desde el principio de los tiempos, mientras nuestros sentimientos son tan sólo emotivas anécdotas y bellos adornos en la negra noche del cosmos eterno. Pero ante la verdad indiscutible de que la existencia humana es intrascendente, se eleva otra certeza aún mayor: el hombre, cada hombre, es en sí mismo el centro del universo. La muerte es final y principio, nos separa de los que se van, y nos acerca a otros que, no habiéndose ido, parecían estar lejos; nos aclara en ocasiones, qué contrasentido, el sentido de la vida, y mediante ella recibimos a veces la última lección de los viajeros, el último servicio que nos prestan.

Desolados quedamos cuando se marchan, porque la muerte es más leve a los que ya descansan que a los que quisiéramos que se quedaran un ratito más. Y lo cierto es que, sin que nos demos cuenta, nos hacen caso y se quedan. No en nuestros recuerdos, ni en nuestros sueños, sino en nosotros mismos, tan dentro y profundo que, de algún modo, son nosotros, y nosotros somos ellos, de la misma forma que quizá algún día nuestros hijos descubrirán, con lágrimas en los ojos, de rabia o alegría, que son nosotros. Poco importa que hayamos tenido tiempo de prepararnos para el adiós, pues siempre nos parecerá precipitada la marcha y repentino el dolor. Por eso, si en algo puede aliviar la compañía de los amigos, que sepas, Miguel, que estoy contigo.
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La Voz, Jerez, 22 de junio de 2008.

5 comentarios:

kesyer dijo...

Y yo.

maikel dijo...

Gracias Nadie, gracias Keyser. Me ha encantado la columna y que hayáis estado ahí como buenos amigos

mafd dijo...

No quise entrar antes porque no estaba seguro (desde mi distancia) de a quién iba dedicada la columna, y no quería equivocarme, pese a que me lo imaginé.

El último comentario me confirma que debe ser algún familiar o allegado a Maikel. En todo caso, vaya desde Madrid mi pensamiento solidario para él y mi plegaria sincera.

Un abrazo.

Díaz de Vivar dijo...

Triste y emotiva columna. Como cristiano, debería ser motivo de alegría el que una persona deje este mundo terrenal y finito para adentrarse en el mundo infinito de Dios... pero a mí todavía me falta la necesaria fe para pensar con esa fortaleza.

Así que, uniéndome a mafd, vaya otro fuerte abrazo desde Salamanca.

Nadie dijo...

Queridos Mafd y Díaz de Vivar, ha sido el padre de Maikel quien se marchó. Gracias por vuestras palabras.