Si hay algo que un sistema democrático exige para su propia supervivencia es, además de la separación de poderes, una oposición que esté a la altura moral e intelectual que requiere su cometido. Porque, pese a la creencia generalizada, la misión principal de la oposición no es oponerse al Gobierno a cara de perro, sino luchar por aquello que sea lo mejor para el país (lo cual no significa que, la mayoría de las veces, lo mejor para el país no sea lo contrario de lo que hace el gobierno). Así, como pueden imaginar, la salud democrática de España es absolutamente dramática, pues a la escandalosa “amancebación” de poderes que padecemos, y al Gobierno especializado en el teatro del ridículo que sufrimos cual almorranas (en silencio), se une la más servil, denigrada, deprimente, conformista, carente de fe y vacía de ideas oposición que se recuerda desde la muerte de Franco. Dicho de otro modo: el Gobierno y la Oposición se parecen tanto, que ya cuesta distinguirlos.
El problema de la Oposición es que el virus que la afecta parece haber atacado a la casi totalidad de sus miembros al mismo tiempo y con igual virulencia. Podría ser fruto de la casualidad, pero es más creíble que se trate de una obediencia ciega a las directrices enviadas desde los despachos de Madrid, directrices que para nada tienen que ver con valores o principios. En este caso, hasta se puede afirmar que merecen más desprecio los que pisan las moquetas de Génova que los que, además de pisotearnos a nosotros, pisan las de Ferraz: al menos estos sí son fieles a sus destructivas, absurdas y radicales ideas. A nivel nacional, Rajoy, Sáenz y Cospedal levantan tantas pasiones como el fantasma de Gloria Fuertes; en Andalucía, el eterno fracasado Arenas es patéticamente aclamado por los suyos; de García Pelayo en Jerez, mejor no hablar por caridad cristiana; y ahora, Loaiza culpa a Chaves de la cancelación de los vuelos Madrid-Gibraltar de Iberia.
La conexión entre la capital y el Peñón no fue una decisión comercial, sino política, y como tal su destino era perecer tarde o temprano, no sin antes haber costado dinero y recursos públicos. En este caso, además, la que un día fuera compañía de bandera de España cometió la fechoría de incluir dicho vuelo entre sus rutas internacionales, con el humillante beneplácito del Gobierno de la Nación. Así pues, si la ruta no funciona, lo mejor para todos es que se mande a tomar viento, mejor si es levante fuerte del Estrecho. Y Chaves y Loaiza que sigan a lo suyo, que es no hacer nada el uno desde la presidencia, y hacer el paripé el otro desde la oposición; una oposición para la que parece que fue escrita aquella canción de Celtas Cortos que dice: “Hoy no queda casi nadie de los de antes, y los que hay han cambiado, han cambiado”.
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La Voz, Jerez, 28 de septiembre de 2008
Míralos, qué guapos, qué felices (¿por qué?), qué sonrientes (¿por qué'), qué...¡necios!